sábado, 6 de enero de 2007

Insomnio navideño

Querida Mara:

Zapeaba insomne entre camas hinchables y depiladores mágicos para el inconveniente vello auditivo, cuando una pierna se coló por la ventana. El fresquito que entraba de la calle me sacó del sopor hipnótico de la teletienda a tiempo de sorprender unas babuchas doradas a las que seguía una pernera en seda bermellón. Aún adormilado, me asusté temiendo haberme caído por un túnel espaciotemporal en uno de los trailers de la Partidance.

Cuando el resto de aquel cuerpo acabó de aparecer, descubrí a un tipo de piel negra envuelto en capa multicolor y coronado con un turbante de preciosas telas adornadas por rubíes. Ahora pensaba que me encontraba en Alcoy en plenas fiestas de moros y cristianos. También deseché esta idea. Faltaban el olor a pólvora y los timbales.

- ¡Vaya rasca que tenéis, niño! –me espetó tan pancho el intruso.

Me miré de pies a cabeza y, a mis 31 años cargados de más entradas que cualquier abonado a la Seminci, estuve tentado de devolvérsela pidiéndole los papeles. Me contuve porque tanta joya no podía haber arribado en patera. Así que pensé que me encontraba en Marbella en la fiesta de algún jeque del petrodólar. Sin duda, mi skijama se saltaba cualquier etiqueta, incluso la de la corte de Julián Muñoz.

-Gaspar, te dije que te pusieras la bufanda –le riñó un anciano de largas barbas blancas encaramado al alfeizar.
-
Melchor, con tanto cambio de estación entre un hemisferio a otro, se me olvida. Por estos días siempre me agarro un trancazo.

Aquellos nombres… me sonaban… pero no recordaba de qué hasta que miré la fecha en el reloj. ¡Era el 6 de enero! Se me había pasado. Claro, como caía en sábado pues no me parecía muy festivo.

- Vo…so…tros… -acerté a balbucear.
- Ya era hora de que te dieras cuenta, chavalín –se rieron.

Casi me da un soponcio. Me recuperé gracias al chinchón que Baltasar llevaba en la petaca. Después de presentarse cada uno y asociar cada barba al correspondiente nombre de pila, me desvelaron que me traían mirra.

- ¿Para qué quiero yo eso? –pregunté desilusionado.

Se estaban quedando conmigo. Entre carcajadas me contaron que todos poníamos la misma cara cuando nos lo decían. Como buen anfitrión, les saqué unos cubos de agua para los camellos y unas pastas de Portillo para Sus Majestades. Los pajes aprovecharon para comerse el bocata conforme al convenio. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos charlando, alucinado de las maravillas que me describían.

Cuando me desperté en el sofá, bien arropado por una mantita que antes no estaba ahí, corrí al árbol. Tan sólo hallé carbón, y ni siquiera dulce, con una nota: "La próxima vez, al menos, nos pones un cola cacao, so agarrao".

sábado, 30 de diciembre de 2006

Mala uva

Querida Mara:

Desde esta madrugada hay un tirano menos en el planeta. Sin embargo, me temo que esto no significa que vivamos en un mundo mejor. Horas después, decenas de irakíes han reventado en una explosión más que añadir a la larga lista de atentados de la posguerra.

La ley de la horca demuestra la hipocresía paleta del sheriff tejano en los mismos días en los que otro dictador, a miles de kilómetros, moría calentito en su cama rodeado de familiares enriquecidos y fanáticos cegados. Es más, en el ejercicio del abuso de poder, unos cuantos canallas similares siguen atormentando a sus pueblos sin que a la geopolítica neocon le importe un bledo.

Aprovechando las fechas, dadas a los resúmenes, he releído la carta que a estas alturas de 2005 te escribía. Pocas diferencias, así que he estado tentado de perpetrar un corta y pega, autofusilándome. Ya sabes, la mezcla de mazapán, turrón y espumoso genera una especie de hormigón cerebral que inmoviliza neuronas y voluntades.

Hace doce meses, un día 31 de diciembre, te comentaba, literalmente, que “Bush sigue fastidiando al globo entero, el cambio climático ya no es una fantasía de ecologistas irredentos, petróleo e hipotecas se disparan, el mundo a tortas en cada esquina…” Más o menos, como hoy. Ah, y Fernando Alonso de nuevo campeón.

Probablemente, salvo sorpresas, pensaba que la ejecución de Sadam sería la última gran portada de un 2006 que se despide con más pena que gloria. Me equivocaba, como siempre.

Una de las pocas luces que alumbró de esperanza este año, el alto el fuego permanente de ETA, ha ido apagando su llama con el paso del tiempo entre empecinamientos, discusiones bizantinas, kaleborrokas y secretismo oficial. De hecho, mientras remato estas líneas, las noticias de la radio informan de la explosión de un coche bomba en la T4 de Barajas. Menos de 24 horas después del optimista discurso del presidente. ¡Qué poco nos dejan soñar, Mara!

Ahora que vocalizas tus primeras sílabas, te repetiré aquello que te dije cuando la ilusión acarició las páginas de sucesos “La palabra, querida Mara, es el mayor don de nuestra especie pese a que unos cuantos sean incapaces de emplearla. No en vano, André Bretón sentenció que el pensamiento y la palabra son sinónimos”.

Tal y como está el patio, me refugiaré en la alegría de tu mirada descubridora. En este 2006, has crecido mientras los demás nos hacíamos mayores. El tiempo no es el mismo para todos. En esta etapa inicial, en la que la vida se cuenta por meses, han brotado los dientes que te permitirán paladear los primeros sabores; tus piernas ya te sostienen y te impulsan en carrera hacia el futuro; ‘papá’ y ‘mamá’ son tus palabras preferidas mientras a nuestro lenguaje cotidiano regresan términos como ‘comunicado anónimo’, ‘evacuación’ o ‘controles’; tus manos sujetan con firmeza las cosas… Por favor, empléalas con mayor sabiduría que nosotros para construir un mañana mejor, aunque sea de plastilina.

Por una vez, pensaba despedirme con espumillón pero las uvas se me han atragantado.

lunes, 25 de diciembre de 2006

La gripe

Querida Mara:

El cuerpo está ahí. No me refiero a Elle McPherson ni al objeto del delito sino al tuyo, al propio de cada uno. Como sucede con la caldera, sólo nos acordamos de él cuando se estropea coincidiendo con las primeras nieblas. Ocurre igual con nuestro organismo, del que sólo nos preocupamos cuando da guerra. En este caso, tu primera gripe, con flemas incluidas en homenaje a los especiales de aquel legendario Martes y Trece que nos salvaban del tedio navideño general.

Ahora eres demasiado pequeña para comprenderlo, especialmente porque aún no dominas la expulsión controlada de mocos, pero la gripe mola. Gracias a ella te escaquearás primero del cole y después del trabajo. Cuando se agotan los moscosos y las vacaciones se desvanecen sin puentes a la vista, confía en ella. Acabará llegando.

Te lo dice la experiencia. En esta cuestión te habla todo un experto del asunto viral. A lo largo del año no hay bichito microscopio que renuncie a la calidez de mi interior. Inconscientemente debo ser un anfitrión de cinco estrellas y bufette libre para estos gamberros de la tos. Desconozco si albergo piscina climatizada o mis glóbulos blancos son objetores de conciencia, pero casi me acompaña una por estación. Menos mal que tomo naranjas.

Así que dada mi flojera, he aprendido a sacarle partido a los estornudos. Te recomiendo que hagas lo mismo. Ya sabes, siguiendo la doctrina de Bruce Lee, “empty your mind. be gripe, my friend”. Vamos, que te dejes llevar o algo así.

Pasados los peores momentos de fiebre, escalofríos y delirios, deléitate con los mimos ajenos. Disfruta de la caricia del nórdico arropándote. Las siestas mejoran con unas décimas arrullándote. Los agobios cotidianos quedan aparcados en un oasis de sosiego perfumado de vicks vaporub y vapores de eucalipto.

Normalmente nos resistimos. Luchamos, peleamos en vano. Nos hacemos los valientes. Acudimos a la oficina pañuelo en ristre. Son esfuerzos inútiles. Los virus han pagado paquete turístico por nuestras mucosas y no abandonaran el complejo hotelero. Como la familia, vuelven por los primeros fríos para ayudarnos a escapar de los estreses cotidianos. Saquémosle partido.

En el sofá bien tapaditos, con el jarabe y el termómetro cerca, es una oportunidad de conocer la programación televisiva matinal. Horario éste reservado normalmente a quienes se ocupan del hogar, jubilados y estudiantes en semana blanca. Ante nosotros se abrirá, estimulados por la fiebre estupefaciente, un universo sin igual de recetas de cocina, consejos saludables, tertulias que naufragan del rosa al amarillo, sucesos que superan Pesadilla en Elm Street y un montón de maravillas del entretenimiento diario.

Tan sólo ha sido un ejemplo de los beneficios de la susodicha congestión. Total, Mara, con medicamentos dura una semana y sin ellos, siete días.

sábado, 25 de noviembre de 2006

Parte de guerra

Querida Mara:

Después del botellón infantil de tu primer cumpleaños, pasamos revista. Según el parte oficial de tus progenitores, no se registró ninguna baja. El parqué sigue incólume, sin rayones; el sofá conserva la tapicería original, sin lamparones; la vajilla conserva la formación marcial, sin grietas; las paredes mantienen intacta la pintura, sin graffitis; ninguno de los invitados resultó damnificado, sin ingresos en urgencias. Ni un chichón. Lo que se dice, una fiesta digna de un embajador y sus bombones.

Y es que hasta el protocolo funcionó. Conseguiste aprenderte eso de levantar el índice cuando te preguntaban repetidamente la edad. Ya veremos qué dedo alzas ante la misma cuestión con varias décadas en las patas de gallo. Lo de soplar la vela, para otra convocatoria. Ya habrá más suerte en el segundo aniversario.

Continuando con el parte de guerra, buenas noticias en la revisión del año con el pediatra. Si no, supongo que te habrían devuelto a fábrica. Al parecer, destrozas los percentiles. Unas tablas ligeramente esotéricas que, según me cuentan tus orgullosos padres, mide parámetros de altura y peso en porcentajes con la media standard de tu edad. Resultado, que estás hecha un pivón.

En principio, con una doble pirueta mortal en el teclado, este rollo pediátrico iba a servirme de excusa para desbarrar sobre ese fenómeno hipocrático en que se ha convertido el personaje de la televisiva House.

Las alas de la vida

Sin embargo, acaba de aterrizar en mi bandeja de entrada un correo electrónico recordándome que este viernes se ha estrenado ‘Las alas de la vida’, premio al mejor documental en Tiempo de Historia de la última Seminci. El protagonista en esta película es otro médico, pero muy diferente. Como sé que no eres la única que escucha estas cartas que te escribo, aprovecho para recomendarla.

Durante tres años las cámaras han acompañado a este galeno, cooperante y comprometido con la sanidad pública, para compartir ante el objetivo un íntimo testimonio que contribuya a dignificar tanto el bien vivir como el bien morir. Junto a él caminamos por el difícil transitar en el deterioro físico que le viene causando la atrofia de múltiples sistemas (AMS).

En 90 minutos, las personas que aparecen en pantalla adoptan una serenidad casi socrática ante el fin que se divisa. En absoluto resignada, pero sí consciente de que tan natural como respirar es dejar de hacerlo. Huyen de cualquier dramatismo. La enfermedad y la muerte están presentes, pero las ganas de vivir del médico se imponen contando su historia personal. “si es posible con una sonrisa”, apostilla el protagonista, Carlos Cristos.

Esto último lo consigue con la humanidad que se desparrama más allá de los 35 milímetros del filme. Cuando aparecen los títulos de crédito, tan sólo apetece inspirar fuerte para coger fuerzas y correr a disfrutar de cuanto somos. Seamos lo que seamos.

sábado, 18 de noviembre de 2006

Feliz, feliz en tu díaaaaaa

Querida Mara:

En unas horas, cuando el sol sestee, empezarás a contar la vida por anualidades abandonando las mensualidades en las que te has apoyado hasta ahora. Ya las recuperarás de nuevo en tu etapa laboral encarnadas en nómina y los trimestres escolares marcarán tu calendario vital. Persona y tiempo, encadenados hasta el fin de sus días.
En este aniversario, tu primero, pensé descolgarme con un acústico, ‘unplugged’ le llaman los más cool. Un aviso de Protección Civil me ha hecho recapacitar. La pertinaz sequía se ha tomado vacaciones, una fuerte borrasca avanza por el mapa… tampoco queremos ser los culpables del desbordamiento de pantanos. Así que ya te susurraré el feliz cumpleaños al oído, como una nana de la cebolla.

Te seré sincero, como casi siempre. Si fueras adulta te mentiría más. Esta carta me ha costado. He sudado, pese a la temperatura, pensando qué decirte en tan única ocasión. He dudado, he vacilado, he desechado ideas… Ni el café ni el tabaco me han ayudado a romper la maldición del folio en blanco. Bueno, pantalla.

En este año te di la bienvenida al mundo, te hablé de neuras personales como la crisis del paso a los 30, despotriqué contra políticos y personajillos de nuestra España, sollocé por la búsqueda imposible de piso… Incluso empleé los papeles de Salamanca como kleenex. Te he dado bien la lata, la verdad.

Vamos, que si lo sospechas te quedas un poco más al calor del vientre de Sandra. Supongo que saber que te esperaba el abrazo de Diego te animó a salir. Total, que en estos monólogos epistolares te he deformado convenientemente el mundo a mi imagen y semejanza. Al menos a imagen y semejanza de mis muchas neurosis. Tengo que dejar de escuchar a Calamaro mientras escribo.

Repasando nuestra correspondencia, echo en falta que tú me cuentes el mundo. Tu mundo. Ahora que lo palpas curiosa, que te lo llevas a la boca para descubrir nuevos sabores, que observas cómo los colores se han asentado en tu retina… ¿cómo lo ves? Cuéntanos. Reinvéntalo para quienes pasamos junto a una amapola sin olerla o nos refugiamos en la bufanda cuando el viento acaricia el rostro. Tú que odias el paraguas, recuérdame cómo se siente la primera gota de lluvia en la piel.

Confío en que, cuando mis dientes sean postizos, al geriátrico me llegue semanalmente la carta de la niña ya mujer. Si las dioptrías me lo permiten te leeré atentamente. A través de tus palabras, querida Mara, me revelarás el mundo, tu mundo, el de tu generación. ¿Cómo será? Espero que menos hipócrita, insensible y dogmático que el que yo vengo detallándote. En el futuro nos aguarda la esperanza, que hemos de afianzar en la rutina del presente.

Has alcanzado la primera estación de tu tránsito. Recuerda que en el vagón te acompañamos muchos y que el carril no es único. Sopla la vela con todas tus ganas, pronto le acompañarán otras. Pide muchos deseos y no te olvides de cumplirlos.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Universitarios televisivos

Querida Mara:

Recuerdo unas jornadas fantásticas en el Paraninfo de la Universidad, apenas hace unos años. Prefiero no recordar cuántos para evitar sentirme mayor. Cientos de estudiantes abarrotaban el recinto, sentados en el suelo, empleando carpetas y apuntes como asiento, protegiéndose del frío mármol. La riada humana se desbordaba prácticamente hasta los emblemáticos leones que guardan su fachada desde hace siglos.


Tal expectación no se debía a que regalaran aprobados generales sino que las jóvenes mentes acudían a escuchar las palabras de un maestro. Un hombre, un poeta. A Benedetti -don Mario, querido Mario- la casa del saber le concedía el doctorado ‘honoria causa’ por sus muchos méritos con la palabra y el sentir.

A cambio, el rapsoda uruguayo regaló sus últimos versos a punto de entrar en imprenta. Probablemente aquellos momentos sean uno de los mejores recuerdos de las aulas junto a tertulias, cafelitos, partidas de mus y flechazos en la biblioteca. Por aquella experiencia, sin duda, merecía la pena rascarse del bolsillo las tasas de la matrícula.

Pero los tiempos y las gentes cambian una barbaridad, que decía el otro. Y esta misma semana, zapeando en calidad de yonki herciano, me topé con un programa de vísceras que en su despedida agradecía la presencia entre el público de estudiantes de una universidad privada vallisoletana. La muchachada, al verse en pantalla, jaleó enfervorecida al jefe de pista del circo amarillo. Habían alcanzado su medio segundo de gloria efímera.

La escena me dejó K.O. Lo confieso. No es que piense que los universitarios deban levitar por encima de la realidad en las nubes académicas. Tampoco soporto a quienes citan a Kant para hablar de fútbol o cuelan a traición un logaritmo neperiano. Desde luego, mucho menos pienso que unas generaciones sean superiores a otras.

Sin embargo, uno supone que a los templos del saber acuden gentes ávidas de conocimientos, deseosas de aprender para construir un mundo mejor. Que de las aulas salen seres críticos con la formación adecuada para contribuir al progreso general.

Y, de pronto, descubres que lo que realmente mola es acomodarse en la grada televisiva para asistir al despellejamiento de un loro por varias hienas que, por cierto, acostumbran a presumir de su título periodístico. Patente de corso para enmendar la libertad de información.

Mucho debemos estar metiendo la pata para que quienes concitan la atención de los universitarios sean Cantizano o Mariñas interrogando, con ayuda del polígrafo, a personajes del calibre de Ámbar o Andrés Burguera. Todo esto cuando se cumple el centenario de la concesión del Nobel a Ramón y Cajal.

En fin, Mara, me despediré esta semana tomando prestados unos pensamientos del poeta: “Usted aprende y usa lo aprendido para volverse lentamente sabio, para saber que al fin el mundo es esto: en su mejor momento una nostalgia, en su peor momento un desamparo y siempre, siempre un lío”.

sábado, 4 de noviembre de 2006

Dilemas prenavideños

Querida Mara:

¿A qué huelen las nubes? ¿De qué materia están compuestos los sueños? Tranquila, que no se trata de un examen de entrada en la guardería, aunque el misterio que te presento hoy probablemente sea tan difícil de responder como estas metafísicas cuestiones. Los días encapotados me pongo así. Omitamos el adjetivo calificativo, si no te importa.

Tras el paréntesis que supone la Seminci en la rutina pucelana, aprovecho para plantearte ahora un enigma que me acompaña desde antes del susodicho festival. Aunque, claro, estoy seguro de que intentarás escaquearte con la típica excusa. Ya te veo en plan, jo, que no llevo ni un año en este mundo. Dame un poco más de plazo, como los 90 días de confianza que nos piden los políticos al encaramarse a la poltrona.

Cuando levantas la cabeza de la sillita de paseo, quizá para mirar a ese quesito que llaman luna, puede que te hayas percatado de su presencia. Como que no quiere la cosa, a la chita callando, llevan unas tres semanas entre nosotros. Aparecieron de buena mañana, colgadas por duendecillos municipales con nocturnidad y alevosía.

Desde entonces, las guirnaldas de bombillas apagadas nos recuerdan la inminente llegada de las fiestas navideñas. Están al caer. Más o menos les faltan aún dos meses. Más o menos, ya te digo, porque más allá del comienzo oficial, cada uno tiene una fecha marcada en su calendario interno. Tampoco faltan quienes viven en una navidad perpetua, y unos cuantos se quedaron estancados en su propio carnaval. Sólo hay que encender ese electrodoméstico que acaba de cumplir medio siglo entre nosotros y comprobarlo en informativos y magazines.

La pregunta que me corroe las entrañas es: ¿por qué tanta prisa? Tal vez sea una estrategia de los ayuntamientos para que en las calles, vías y avenidas de sus respectivas localidades reine el espíritu navideño. Las ciudades se convertirán en escenarios de las películas de Frank Capra donde los coches no pitarán a los ancianos al cruzar los pasos de cebra, los vecinos se saludarán en el portal y los especuladores plantarán pinares.

Pues me temo que la estrategia está fallando porque seguimos intentando meterle las varillas del paraguas en el ojo al resto del personal. Además, las consultas de los psicólogos ya tienen números clausus por culpa de la avalancha de depresivos navideños que, en esta ocasión, han madurado antes.

Vivimos en una sociedad anticipatoria, eternamente insatisfecha. Necesitamos ir a la velocidad de la luz para no detenernos en nosotros mismos. En junio ya se anunciaba la vuelta al cole del próximo curso, cuando muchos ni siquiera habían sembrado las calabazas de septiembre. A este paso, las rebajas de verano tocarán en febrero y las de invierno, en julio.

Por la parte que te toca, Mara, aprovecha y gatea que luego ya no te dejarán hacerlo. Ya habrá oportunidad de correr. Me despido con otro dilema. ¿Qué gracia tendrían los buñuelos en agosto y el roscón de reyes en abril? Celebra Villalar con un roscón. De sorpresa, un estatuto de comunidad histórica.

lunes, 23 de octubre de 2006

Trago doble

Querida Mara:

Si al simpático traviesillo que dirige los infortunios de Corea del Norte con su cardado al viento, Kim Jong Il, le da por volarnos esta semana, dudo que me entere. No me mires con cara de limón, que no me quedo el refugio nuclear para mí solo. En el caso de que al tipo, que juega con Bush a ver a quién le mide más el misil de largo alcance, le diese por desencadenar el Apocalipsis me pillaría en las butacas del Calderón.

Sin abono, dudo que los acomodadores de la Seminci dejaran entrar la radioactividad. Confío en ellos. Ya sabes que cuando apagan las luces, en la sala hay que estar calladitos. Seguramente los festivales los inventó alguien cansado de que el vecino de la fila de atrás le fastidiara la peli con el envoltorio de los gusanitos.

Desde ayer, muchos buscamos refugio de esta lluvia otoñal al cubierto de la espiga de la Semana vallisoletana por excelencia, después de la Santa. Curiosamente, la misma en la que uno puede lucirse ante las visitas prediciendo que lloverá. A nuestro cielo le encanta aguar las fiestas. Que se lo pregunten al añorado San Mateo.

El viernes comenzaron unos días que muchos aguardan con impaciencia el resto del año. De los excesos de cafeína para aguantar a Angelopoulos ya te hablé en otra ocasión así como de esos seres excepcionales, los semanistas, que mantienen vivo este certamen, en plena meseta, medio siglo después de su nacimiento con todas las bendiciones eclesiales.

Comiendo con un buen amigo, andaba yo quejoso, qué novedad, por la necesidad de revitalizar el festival, rogando un poco de alfombra roja y glamour para su mejor supervivencia. Sin soltar el tenedor, él dio con la clave para su adictiva persistencia. El elixir de su eterna juventud, al menos de su longevidad, parece garantizado. La Seminci es cada vez más un oasis del séptimo arte. En sus aguas podemos beber extrañas delicatessen procedentes de diversos rincones del globo a las que las pantallas comerciales les están vetadas el resto del año.

Entre plato y plato, repasamos algunos títulos memorables que nos han reconciliado con el invento de los hermanos Lumiére. Películas que, pegados al asiento, nos han hecho sentirnos más vivos que cuando degustamos un suculento menú de Arzak o por nuestra piel se arrastra la caricia sensual de la amada. Mira que soy friki, Mara. Repasando sus nombres, como si se tratara de antiguas amantes, me recordó que, de no haberlas descubierto aquí, jamás nos habríamos conocido. Nunca llegaron al videoclub ni al satélite.

Ciertamente, tras la gala inaugural se nos abre una caja de Pandora que nos deparará momentos soberbios –de emoción o de aburrimiento-. Los programas festivaleros recuerdan a un plato de pimientos de Padrón. Unos pican y otros, no. ¿Cuál será el que abrase nuestra garganta? Arriesguémonos. Si la vida hay que bebérsela a grandes tragos, camarero, póngame una sesión doble.

domingo, 15 de octubre de 2006

Pa-ta-ta


Querida Mara:

La sonrisa como la fantasía parece condenada en muchos de nosotros a desaparecer con la caída de los primeros dientes de leche. La causa de su extinción tal vez se deba a la vergüenza de mostrar una boca diezmada. Quizá el Ratoncito Pérez no sea tan buena gente como pensábamos y nos permute la inocente leche de nuestros tiernos molares por la mala ídem que nos acompañará hasta que el odontólogo nos los cambie por otros artificiales.

En general, una cara sonriente genera reticencias. En el autobús de la hora punta, apretados como mejillones enlatados, un tipo con semejante gesto ufano despierta sospechas. Muchos tratarán de esquivarle la mirada por si se trata de un psicópata. Otros le retarán en un particular duelo visual. Como preguntándole, ¿tú de qué te ríes, so merluzo? Acto seguido se mirarán disimuladamente la bragueta. La mayoría pensará que algo se ha metido. Que nadie va tan feliz a las ocho de la mañana. En la siguiente parada le esperará la unidad de emergencias psiquiátricas urbanas para aplicarle un reparador electroshock.

Si te acercas sonriente a la correspondiente ventanilla, el funcionario o el empleado de banca sospechan. Con razón. Seguro que viene a atracar. Y si el inspector de Hacienda nos saluda con amabilidad, escrutamos el brillo de su pupila temiendo que nos la vaya a meter doblada. Cuando alguien es simpático, inmediatamente nos preguntamos qué quiere vendernos aunque sea nuestro abuelo dándonos la propina. Aquí ya no sonríe ni Supernany.

Vivimos crispados. He podido comprobarlo, más bien reafirmarme en esta opinión, en un reciente viaje en tren. El hábitat controlado para el experimento era agradable. Vagones de este siglo y no de la postguerra, como en otros recorridos, revisores amables, temperatura racional, buen servicio de cafetería y un paisaje moderadamente entretenido. Incluso nos deleitaban con películas decentes cuyos diálogos podían escucharse perfectamente en los cascos gratuitos.

Sin embargo, ya en el andén, empujones para subir antes que nadie, codazos para colocar nuestra maleta mejor que el vecino, gritos por estorbar un anciano en el pasillo, broncas para que ni se te ocurra estirar la pierna, ocupación a codazos el reposabrazos… Vamos, que más que un TALGO recordaba a la Polonia de entreguerras o ciertas tertulias sobre el ácido bórico. La única sonrisa, cuando un pobre incauto, cargado de bultos, descubría aterrorizado que se había equivocado de vagón. “Este es el 8 y el suyo es el 1… Va a tener que cruzarse enterito el tren”, le socorría algún samaritano con cara de hada madrastra.

Al final va a ser cierto ese manido latiguillo de la jungla urbana. En el asfalto los demás se nos antojan rivales, invasores de nuestro propio espacio. Enemigos en potencia dispuestos a robarnos el sitio para aparcar, colarse en la panadería o apropiarse del único columpio libre del parque. Al igual que otros depredadores nos rugimos a la mínima, por si acaso. Cualquier día acabaremos marcando nuestro territorio levantando la patita por la calle.

sábado, 7 de octubre de 2006

Los peligros de la moda


Querida Mara:

Sinceramente, ya te lo había comentado, me tienes perplejo. Pensaba que cuando dabais el salto de la cuna al parqué emprendíais una loca carrera a gatas como quads desbocados por la ciudad. En mi imaginación incluso veía atascos de pequeñajos gateando por la guardería, con la puericultura travestida en agente de tráfico. Supuse también que junto a la cartilla de vacunación, el pediatra adjuntaría el correspondiente carné por puntos.

Nada más lejos de la realidad, al parecer. En cuanto nos despistamos, os erguís para trastabillear y acabar con los riñones de los progenitores. Todo el día agachados para serviros de taca-taca y evitar que metáis dedos en enchufes o juguéis a la caída de la Torre de Babel con el perchero.

Observándote dar tus primeros pasos a buen ritmo, uno -torpón de naturaleza- intuye la grandeza del pequeño milagro evolutivo que supuso para nuestros velludos ancestros dar el salto para caminar a dos patas, ahora llamadas piernas. Mantener la estabilidad con el centro de gravedad tan elevado tiene su complicación.

Así que al ver perder el equilibrio con elegante artificiosidad a una de las modelas que estos días han desfilado en Milán apenas me extrañó. En el mínimo intervalo de un minuto, de un extremo a otro de la pasarela, cayó en dos ocasiones con un juego de tobillos que parecía el Coyote persiguiendo al Correcaminos al borde del precipicio. Los informativos han repetido la escena hasta la saciedad como noticia graciosa entre bronca y bronca del poder judicial. Si ya es complicado combinar ambos pies, que prueben a calzarlos en unos delgados taconazos de aguja de quince centímetros. Tú la entenderás, Mara.

En fin, que el mundo de la moda tiene sus riesgos. Especialmente el de las modas. Ahora que apaga sus focos la Pasarela de Castilla y León, amadrinada por Amaya Arzuaga, conviene alertar. Nada más terrible que convertirse en una fashion victim. Te prevengo ahora, con tiempo, Mara, en previsión de tu adolescencia. Evita clonarte, que es práctica habitual a los 15 uniformarse. Así vemos, especialmente los fines de semana, a hordas de alegres muchachitas vestidas con sus mejores marcas, medio ahorcadas por collarones de perlas de su abuela, taconazos de mamá y muchacho aflequillado, con el cuello del polo al viento, colgado del brazo.

Algunas prendas, como las oscuras golondrinas de Bécquer, acaban volviendo para pesadilla de muchos. Superados los 80, suspiramos aliviados al perder de vista las mallas de lycra bajo las faldas, que ahora regresan traicioneras con el nombre inglés de leggins. Como homenaje a Eva Nasarre, retornaron los calentadores incluso en agosto.

Es sólo un anticipo, un alfiler. Por las noches, me revuelvo, entre pesadilla y pesadilla. No querría asustar desde este púlpito epistolar a la audiencia, pero me temo que sí. El día se acerca. Las hombreras serán las siguientes. Y esta vez no se irán. El primer presagio, el remake de ‘Corrupción en Miami’. Lo juro por Don Johnson.

sábado, 30 de septiembre de 2006

Los becarios vuelven a las aulas

Querida Mara:

La vida en un suspiro. Cuando menos nos demos cuenta, serás una de ellos. Una becaria. Supongo que para entonces quienes pasen por tal condición no tendrán que padecer manidas bromas a costa de la ominosa herencia de su patrona, Mónica Lewinsky -de todo menos santa-, con su altar erecto sobre las ruinas del despacho oval de la Casa Blanca. La misma que hoy promueve la legalización de la tortura y el secuestro. Haz el amor y no la guerra. Sabio consejo.

La de becario es una de las obligadas aduanas por las que todo futuro mileurista debe pasar. Ahora que empieza el curso universitario, al igual que los amores estivales, las prácticas veraniegas tocan a su fin. Unos meses en los que en redacciones, bufetes, empresas y otros ámbitos del mundo real aprenderás a hacerte mayor fuera de las cuatro paredes de la cuna del aula.

Llegado el momento, cuando cruces la puerta, las pupilas te delatarán. Tu iris azulado desprenderá a partes iguales arrolladora ilusión y temor iniciático. Miedo a meter la pata que, sin embargo, no impedirá que pronto te pongas el mundo por montera. Las miradas condescendientes de los veteranos acabarán convertidas en cierta complicidad incapaz de ocultar tanto la envida por la insultante juventud como el recelo a que les jubiléis.

Ese tiempo ayuda no sólo a aprender el oficio con el que uno quiere ganarse las perras sino también a contrastar la solidez de la vocación. Incluso sirve para abandonar la pasantía rumbo a Broadway. Cubierto de legajos, hipotecas, tasaciones y formularios más de uno ha descubierto que realmente a lo que quería dedicarse era a hacer pulseras de cuero en Tarifa.
La de becario es una de las obligadas aduanas
por las que todo futuro mileurista debe pasar
Jornadas en las que apuntes y manuales caducan a la velocidad de la luz frente al día a día del trabajo. En la jerarquía laboral, del becario dícese chico o chica para todo. Portar con estiloso equilibrio los cafés, disimular ante el atranque de la fotocopiadora, enfrentarse al arcaico fax, enseñar al carca del jefe a utilizar el correo electrónico, cubrir ruedas de prensa en Moncloa e incluso preparar una opa hostil a la competencia porque en la oficina, en agosto, no queda ni el tato.

Alegría, desenfado, timidez, inquietud, nerviosismo, taquicardias y tropezones forman parte del legado ambiental que los becarios dejan a su marcha en el aire otoñal de las oficinas hasta que aterrice el siguiente reemplazo. En su mochila, la carpeta de apuntes, la corbata torcida y el bocadillo de mamá. Las nuevas quintas solapan a las anteriores sin plazo para la nostalgia más allá de las obligadas cenas de despedida. Hasta que un día alguien reconozca en pantalla a aquel muchacho del acné. ¿Le recuerdas? Ah, sí. Ahora presenta el telediario.

lunes, 25 de septiembre de 2006

A por la 51ª

Querida Mara:

Recién cumplidos tus diez meses en este mundo que te deformo, pareces decidida a patearlo enseguida. De la sillita a la carrera, sin estaciones intermedias ni gateos. Las nuevas generaciones pisan fuerte, que dirían nuestros ancestros de Atapuerca. Haces bien en erguirte pronto, que no hemos nacido para arrastrarnos.

Estrenas botas, que parecen de playmobil, cuando los primeros cielos nublados con sus tormentas intempestivas arrastran olores a tierra mojada, vientos de lejanas latitudes y recuerdos de cine. Los de la memoria sentimental en el que las colas del Roxy, tapizadas bajo los paraguas, se funden en negro con el descubrimiento de los universos de Von Trier, Fernando León y tantos otros.

En estas ondas arranca hoy la cuenta atrás hacia la 51ª Semana Internacional de Cine de Valladolid, la SEMINCI, que aguarda a la vuelta de octubre cuando los grandes enrollen la alfombra roja hasta la próxima cita. Con el equipo del certamen transformado en sastre rematando las costuras del nuevo traje, cada año único, comenzamos a conocer algunos de los títulos que abotonarán un cargado programa de películas, cortos y documentales.

Los semanistas crecen en las incubadoras

de las salas de cine

Durante unos días la recia capital castellana se convierte en sede cosmopolita de gentes de mil idiomas que adornarán sus calles con variados acentos y ropajes. Entre el exotismo y el glamour foráneo, sin embargo, destaca la infantería que padece o se emociona con cada historia en las trincheras de las butacas del Calderón.


Son los semanistas, una especie en constante expansión que crece generación tras generación en la incubadora de las salas de cine. Loach quizá nos ponga los cuernos y cambie la ribera del Pisuerga por la costa azul de Cannes, pero ellos permanecen inasequibles al desaliento ante las decepciones de algunos crímenes de lesa humanidad cinematográfica, compensados con sorpresas tan entrañables como ‘El hijo de la novia’ o ‘Familia’.

Se les reconoce por el hábitat que frecuentan en esta reserva natural del séptimo arte que quiere ser la SEMINCI. Cazan entradas en colas convertidas en mobiliario urbano, discuten enardecidos por un raccord y mantienen las constantes vitales gracias al suero intravenoso de la cafeína. La mejor aliada cuando Manoel de Oliveira se pone detrás de una cámara. El Apocalipsis parece más cercano que el final de cualquiera de sus obras.

Cumplidas las bodas de oro, el matrimonio entre cinéfilos y su Semana parece razonablemente bien avenido con sus más y sus menos. Para seguir nutriendo los regimientos de espectadores, querida Mara, no estaría de más reforzarte la papilla con granos de espiga y una pizca de Trouffaut aliñado con Kiarostami. Nos vemos en la cola.

sábado, 16 de septiembre de 2006

El tornillito

Querida Mara:

El otoño se anuncia, en estas vísperas, con la caída de la hoja en forma de fascículos que tapizan hasta el último rincón de los kioscos. Los colegios abren nuevamente sus puertas para acoger la diáspora de mochilas y uniformes en la vuelta al cole. Así que no podíamos ser menos tú y yo, con los primeros fríos regresa a las ondas nuestra relación epistolar.

Atrás quedan ya los días de playa y montaña, los chiringuitos, el ‘opá’ del Koala e incluso la depresión postvacacional. Del verano tan sólo permanece, inmutable desde hace décadas, el perenne fracaso de la selección de fútbol. Los chicos de la roja no entienden de estaciones. Nos decepcionan por igual independientemente del mes o año. En eso hacen gala de una inalterable regularidad germánica.

Saldada la deuda balompédica estival con esta pullita a la panda de Raúl, en este inicio de curso repetimos buenas intenciones. Cada poco marcamos en el calendario un hito a partir del cual arrancar un nuevo ciclo en el que prometernos retos y deberes. De algunos ya te he hablado en otras cartas. Ya sabes, apuntarnos a gimnasio y academia de idiomas. Los más emocionados hasta se plantean meterse con el chino, la lengua de las próximas décadas -dicen-, cuando apenas se entienden con el ‘on’ del vídeo.

Al calor de la calefacción, próxima a encender calderas, muchos optan por el bricolaje para mejorar la calidez del hogar con esa estantería que necesitan los libros esparcidos por los suelos, el armario empotrado donde archivar bermudas y pareos, una mesa ergonómica para el ordenador… ¡Tantas son las necesidades de la casa moderna! Es una época dorada para ferreterías y grandes almacenes, convertidos en templos de esta creciente afición fomentada por ese ya mítico programa televisivo en el que en dos tardes te construyen una piscina en el jardín o te levantan un rascacielos.
En todas partes cuecen habas,
aunque sean liofilizadas
Esta fiebre, Mara, alcanza incluso a los propios astronautas del Atlantis, que se han echado un paseo para alicatar la Estación Espacial Internacional. Ya sabes, ponerla más mona, que luzca mejor con sus nuevos paneles solares y, así, dar envidia a los tripulantes de cualquier Objeto Volante No Identificado que se acerque por esta parcela del Universo. No veas las luces que tienen preparadas para poner en la fachada durante la próxima Navidad.

Los chicos de la NASA han estado preparándose durante meses para tan delicada misión de bricolaje espacial. Tanto entrenamiento para toparse con el gran enemigo de todo manitas: el tornillo rebelde. En sus operaciones de alta tecnología han acabado perdiendo una arandela, un muelle y una tuerca. Ahora flotan en el vacío. Como para encontrarlos. En la caja del mueble en cuestión siempre acaba faltando algo. Por no mencionar los dichosos planos, que no entiende ni un ingeniero. Queda demostrado.

Entre las bajas se cuenta además una llave inglesa que se partió. Imagina la escena, Mara. Espera que aprieto un poco más. Y, zas, ya se la cargó el listo. Menuda bronca habrán tenido cuando se hayan despojado del traje espacial. Que si torpe, que si no haces caso, que si burro, que si me vuelvo al transbordador espacial de mi madre, que si hazlo tú si eres tan bueno… En todas partes cuecen habas, aunque sean liofilizadas.

Así que, repanchingado en el sofá, contemplo orgulloso las baldas torcidas de mi librería. Es un homenaje a la pericia y arrojo de nuestros osados astronautas. Con ausencia de tornillo incluida. Total, la Torre de Pisa también les quedó un poco inclinada y, ahí la tienes, monumento universal.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

De vuelta sin Plutón... 16 de septiembre...


Centralitas colapsadas, el Congreso reunido en pleno extraordinario, tensión en Moncloa y Zarzuela, 'Verano Azul' remasterizado en DVD, Gasol lesionado y Raúl deprimido, piscinas sin cloro, la Circular reabierta al tráfico rodado, tintorro recalentado en fiestas... Mara comiendo galletas...

La civilización occidental aguarda este jalón en su torpe devenir...

Regresamos el 16 de septiembre de este mismo año, sábado, a las mejores pantallas (de su pc) y a las ondas más dicharacheras...

Operación Retorno sin puntos ni carné... sólo una ligera ciática... en 'A vivir Valladolid'...

...Se acabaron las siestas...

Y el mundo ha seguido girando, incréible... menos Plutón...

¡¡Peque, estamos contigo!!

"Porque el tamaño sí importa", citando a una reputada astrónoma...

P.D. El retratado es El Fary, que las dudas le ofenden.

sábado, 1 de julio de 2006

Operación bikini

Querida Mara:

Una sombra se proyecta sobre la arena de la playa de Las Moreras. Ignorando su posible amenaza, bajo ella podrían refugiarse poblaciones enteras. La barriga rebosa impertinente sobre la goma del bañador. El drama se masca al contener la respiración y meter tripa para ajustarla a la talla de las bermudas de las rebajas del año pasado.

Inútil. Hemos escuchado más a la cigarra que a la hormiga durante el invierno. Y lo estamos pagando hoy, justo este 1 de julio de operación salida de vacaciones. La madrugada del 30 de junio se sobresaltó por los aullidos de pánico de quienes se animaron a probarse el tanguita antes de empaquetarlo en la maleta rumbo a la costa. Demasiado tarde para prevenir la tragedia mientras de fondo suena la banda sonora estival, el melódico opá del Koala.

Invisibles a nuestros ojos, cartucheras y michelines se hacían fuertes en el frío enero. Camuflada bajo la pana, los jerseys y el abrigo de paño, la grasa se acumulaba traicionera. Nosotros, inocentemente inconscientes vivíamos felices tapeando sin intuir lo que se nos avecinaba.

Si te tragas una tarta de chocolate te retiran el carné culinario de golpe para toda la vida

Sé que te prometí en mis propósitos de año nuevo, Mara, acercarme al gimnasio aunque fuera para invitar a un café a la monitora de aeróbic. Pasados siete meses te confesaré que aquella promesa cayó en saco roto al igual que apuntarme a un curso de inglés intensivo o enrolarme en un buque mercante para conocer mundo. De echarme novia, ni hablemos.

En primavera las revistas de la imagen y los trapos, ya plantearon la operación bikini. Toda una estrategia digna del mejor Napoleón. No les escuchamos, preferimos adorar ídolos de barro como la clara bien fresquita para combatir los primeros calores.

Sin embargo, las recetas mágicas del adelgazamiento siempre encuentran adeptos. El boca a boca de las terrazas de autoayuda recomienda una fórmula magistral que viene que ni pintada hoy que arrancan a la limón el carné de conducir por puntos y las caravanas de playeros.

Invisibles a nuestros ojos, cartucheras y michelines se hacían fuertes en el frío enero

Al parecer se trata de una especie de dieta también por puntos, que determina un número de créditos diario. Cada alimento viene a costar una cantidad de los susodichos a distribuir a lo largo de la jornada en función de las calorías de cada alimento. Dicen que funciona y reduce unos kilitos.

Qué quieres que te diga, tanto a mis mollas como a mí mismo, tras comentarlo, nos recuerda mucho al invento de la DGT. Vamos, que si te tragas una tarta de chocolate te retiran el carné culinario de golpe para toda la vida. Multa, ayuno perpetuo y curso de reciclaje vegetariano.

sábado, 24 de junio de 2006

El destete y el pisito

Querida Mara:

A tus siete meses en este mundo de locos, empiezas a recorrer el arduo camino de la emancipación. En este caso, la materna. Todo empezó cuando en el Río Hortega, en el momento en el que tus pequeños pulmones se acostumbraban al oxígeno viciado por las obras, cortaron el cordón umbilical.

Ahora te llega el destete. Adiós a la leche de mamá. Muy sabrosa a juzgar por tu cara de satisfacción. Te ha llegado la hora de probar nuevos sabores. Esos purés de verduras, que sólo ingerimos con gusto a tu edad o el pan convertido en chuche. A fuerza de babearlo acabas convirtiéndolo en papilla de migas.

Es ley de vida. Desde que nacemos, maduramos. Sin embargo, el trepidante ritmo de independencia se frena en seco a partir de este instante. La siguiente etapa en esta carrera de la emancipación puede que te llegue dentro de varias décadas. Toca esperar, querida.

Antropólogos, sociólogos, biólogos, zoólogos y muchas otras profesiones acabadas en ‘logos’ llevan siglos investigando qué nos diferencia del resto de animales. Y, en especial, del resto de mamíferos. Que si el lenguaje, que si la capacidad de imaginar… La respuesta la tienen las inmobiliarias. En el salto evolutivo nos distinguimos de leones, osos, jabalíes, orangutanes o marmotas por el precio de la cueva.

Las mondas de patata aportan una dieta rica
en proteínas, vitaminas y carbohidratos

Un representante gubernamental o similar ha comentado recientemente, basándose en no sé qué estudio, que los treinteañeros no descuelgan sus posters de Mecano del dormitorio porque no quieren. Que siendo mileurista se vive estupendamente. Eso ya es ir a todo tren, cuando muchos no alcanzan los 900. Vamos, que no se van/vamos de casa de los papis porque el servicio está 'mu' mal. O algo así.

No le falta razón. Las hipotecas están al alcance de todos. Al que no le salen las cuentas es porque se piraba las clases de matemáticas. Es fácil, mira, el 90% de sueldo para el banco y el resto para hidroeléctricas, gasistas y demás benefactores. Siempre se puede dejar un 1% para mondas de patata que aportan una dieta rica en proteínas, vitaminas y carbohidratos. Vamos, que si Popeye lo hubiera sabido habría abandonado las espinacas. Y si te sobra, lo ahorras para el master.

En cuanto a los alquileres. Chollos, chollazos. Incluso embargan un poco menos de sueldo, aunque luego sólo te quede el aire. En el sector nos encontramos auténticas joyas… trasteros con bonitas vistas a la plaza 43 del garaje, luminosas buhardillas de ventanas tapiadas, pisos amueblados que bien podrían servir de museo etnográfico… ¡Una ganga!

En fin, Mara, que con el destete probablemente se haya frenado en seco tu proceso emancipatorio. La siguiente etapa, los viajes del Imserso.

sábado, 17 de junio de 2006

Peatones con llantas

Querida Mara:

Tenía que recordártelo, lo siento… 4-0. Impresionante. País conmocionado. Sonrisa generalizada incluso en la cola de los pagadores del IRPF en Hacienda. De pasar de todo por miedo a otra decepción amorosa con la roja, a vernos en el altar de la final pasando por capilla. Así somos, de la nada al todo en menos de un segundo.

Aquí me tienes, mundialeando, que es una forma como otra cualquiera de pasar el rato. ¿Harta ya de ver esféricos y césped hasta en la papilla? Pues te diré, pequeñaja, que no hay mal que por bien no venga. Es decir, que gracias a la fiebre del Mundial, al menos ni nos hemos enterado de la campaña del referéndum del estatut salvo por alguna bronca. A veces los políticos quedan en pañales a los ebrios hooligans.

Mañana juega, entre otras selecciones, la mágica Brasil. Así que si Ronaldinho mete un gol de antología, con un poco de suerte, ni nos enteraremos del resultado de la votación popular a la más fea de marras. Los herederos de Pelé bien lo merecen.

Había pensado hablarte de otras cuestiones pero, como siempre, me abandono por los cerros de Úbeda o San Cristóbal. Este último me viene que ni al pelo porque, aunque pasees cómodamente en tu sillita bajo palio, te consideraremos peatón. Si los conductores deambulan al amparo del mencionado santo, digo yo que los viandantes disfrutaremos de la protección de algún homólogo suyo, aunque sea la de un beatífico becario o santo en prácticas.

En todo caso es un suponer. Más bien quimera, a juzgar por los atascos de furgonetas de reparto y progenitores estresados que, de camino a los almacenes o al colegio, colapsan las escasas calles peatonales de nuestro centro a primera hora de la mañana.

En estas zonas, supuestamente ideadas para caminar, los que no gastamos otra goma que la de la suela de los zapatos acabamos arrinconados contra la pared o incluso encaramados a una jardinera para dejar paso al mensajero urgente de turno.

El verano asoma. Supongo que Ramón García prepara ya su regreso con el ‘Gran Prix’, ese crisol televisivo de culturas de los pueblos de la España estatutaria. Se me ocurre una idea, una nueva prueba: Sortear los vehículos estacionados por quienes les gusta tomarse el cafelito de primera hora con el coche bien aparcado a la puerta. Son unos sentimentales. Eso o se niegan a malgastar una sola caloría caminando más de tres metros porque las extremidades inferiores, más conocidas como piernas, debieron desarrollarse para pisar el pedal del embrague.

Total, que nuestras calles peatonales acaban agobiando más que la M30 en hora punta. Por mis partes, fiel al espíritu darwinista, he dado un salto evolutivo. Me he incorporado retrovisores en la chepa y claxon en la punta de la nariz. En cuanto al tubo de escape, lo dejamos para otro día.

sábado, 10 de junio de 2006

Gigantes caídos

Querida Mara:

Un gigante paseó feliz por las calles de Valladolid hace un tiempo. Aún quedaba alguna década para empadronarte. Corrían años asombrosos en los que en Berlín caían muros de la vergüenza, Cela recogía el último Nobel español en la fría Estocolmo, ‘El club de los poetas muertos’ animaba a los corazones adolescentes a pensar que nada era imposible y la mirada de Bette Davis nos abandonaba para siempre.

Mientras pasaba todo aquello por el mundo, a orillas del Pisuerga, 1989 pasaría a la historia por traernos a un gigante con la delicadeza de una frágil bailarina. Los pucelanos alzábamos la cabeza hasta las nubes, de puntillas, para intuir su barbilla. Eso sí, cuidándonos mucho de que, en un descuido, nos pisara con las enormes barcazas que gastaba de zapatos. Todos nos sentíamos orgullosos de contar con un vecino de tal calibre.

Él parecía a gusto, pese a morar tan lejos de su Lituania natal. Se llamaba, se llama, Arvydas Sabonis. 2 metros y 21 centímetros de puro talento y arte bajo la canasta, a un suspiro de la palma de su mano. La ciudad entera rugía maravillada por sus jugadas en la pista, que acabaron llevándonos a las semifinales de la Korac.

Un gigante paseó feliz por las calles
de Valladolid hace un tiempo

No ha sido el único que nos hizo soñar. Por el Pisuerga han pasado otros notables como los míticos Homicius, Tikhonenko o el cañonero imparable, Oscar Schmidt. Sin olvidar a Lavodrama, Hansen, Brabender, Bustos, Bento o ese chico de la cantera, Lalo.

Infinidad de nombres para una historia que arrancó en enero de 1940 y mucho antes en la cantera del emblemático Lourdes, pese a que mi generación apenas conozca al club de baloncesto de Valladolid con otro apelativo que el de Fórum. Esa única palabra se traduce por estos lares como baloncesto.

De estampitas mal pegadas

Ahora, por unas estampitas presuntamente mal pegadas, cromos de mayores, el club ha enfermado. Los más agoreros, Mara, incluso dicen que agoniza. En todo caso, el diagnóstico es grave.

El club se ha quedado sin patrocinador principal y, de no encontrarlo, podría desaparecer. Vaya preocupaciones, me dirás, cuando respiramos contaminación aliñada con una mijita de oxígeno y las fragatas israelíes se dedican a bombardear chiringuitos playeros.

Quizá sólo reste esperar la llegada de un Dimitri Piterman o declararnos ciudad dormitorio

La memoria sentimental hace de las suyas. Son recuerdos de tardes de sábado en la grada o pegados a la puerta del pabellón, sin entrada, sintiendo las vibraciones de los cristales provocadas por el suspiro de alivio ante la salvación del descenso.

Lo más triste, sin embargo, es la escasa capacidad de reacción de las fuerzas vivas pucelanas. Si existen. Padecemos una abulia mesetaria que nos cerró el Teatro Zorrilla, ni se inmuta mientras el Real languidece en Segunda y nuestro baloncesto puede acabar condenado al patio del colegio.

Muchos presumimos de vallisoletanos, pero son pocos los que dan un paso adelante. Tal vez porque los que más tienen, las grandes empresas, sean en su mayor parte foráneas. Lo nuestro no es lo suyo. Quizá sólo reste esperar la llegada de un Dimitri Piterman o declararnos ciudad dormitorio.

sábado, 27 de mayo de 2006

Frikis al poder

Querida Mara:

Ya me han descrito tu cara de asombro al pasear estos días por unas calles convertidas en vivos escenarios al aire libre y aceras transformadas en plateas. Tu azulada mirada, parece que el color se queda, asiste sorprendida a tantas manos juntas aplaudiendo. Esta no es mi ciudad, me la han cambiado, debes pensar.

Por desgracia a los alérgicos no nos queda más remedio que leer las críticas en los periódicos, escuchar las crónicas de la Moreno en la SER y contemplar con envidia los resúmenes de la tele. Por nuestra salud y la de los funambulistas, no sea que en plena acrobacia encadenemos una ráfaga de estornudos y desconcentremos al artista. Además, con estos ojos enrojecidos e hinchados hasta salirse de las cuencas y tanto esnifar el moquillo explorador, veo que me acaban dando metadona. Si me encuentran en tal estado, no se preocupen. No ingiero tóxicos, sólo soy alérgico.

Cambiando de tercio, o no, este pasado 25 en muchas ciudades de España han celebrado por todo lo alto la primera edición del ‘Día del Ogullo Friki’. Si aún no andas familiarizada con el término, te diré que se trata de una palabra cajón en la que cabemos casi todos. Friki viene a ser, digamos, alguien raro y excéntrico ya sea por sus aficiones, vestimenta o comportamientos.

Considero de tal especie a quienes
asisten regularmente a clase de spining

Es decir, que friki puede serlo cualquiera a ojos de su vecino. Personalmente, considero de tal especie a quienes asisten regularmente a clase de spining, practican padel con entusiasmo, regulan las calorías que ingieren o siguen atentos la cotización del yen. Esto último viene a ser el manga de los yupis. Probablemente ellos piensen lo mismo de quienes exhibimos lorzas o preferimos una tarde entera repanchingados en el sofá viendo la saga completa de Star Trek a la tediosa fase final del Mundial. Viva la lucha de clases.

Y aquí aparece una de las primeras disensiones en el seno de la heterodoxa familia friki, que generalmente suele encasillarse en quienes juegan al rol, visten camisetas de Homer Simpson –si es de Brasil o del Real Madrid, entonces eres normal, dicen-, portan una eterna mochila como apéndice de la espalda o presumen de saber la genealogía completa de todas las razas de El Señor de los Anillos antes de que se anunciara el primer trailer de la trilogía.

Friki puede serlo cualquiera
a ojos de su vecino

La fecha escogida conmemora el estreno de un clásico, Star Wars, un 25 de mayo de 1977. Toda una bandera para muchos. Sin embargo la escisión del movimiento se acerca. Los trekies, o seguidores de la más mítica y aún superiormente legendaria Star Trek amenazan con rebelarse. Vulcanianos contra jedis. Las dos españas de nuevo.

Entre las reivindicaciones planteadas, derechos tan inalienables como tener pocos amigos, o ninguno; el sobrepeso y la miopía; total libertad para exhibir el propio frikismo y dominar el Mundo, convertido en derecho y deber. Supongo que Bush, ese día, brindó en la Casa Blanca disfrazado de princesa Leia -tan de moda gracias a la última ‘tourné’ de la Dama de Elche-. En fin, Mara, así andamos. Que la fuerza te acompañe.

sábado, 20 de mayo de 2006

De oficio, descubridor

Querida Mara:

Unos dicen que nació en Génova. Otros apuestan por la conexión lusitana o catalana. Incluso los más imaginativos han fantaseado con la posibilidad de que el navegante por excelencia, Cristóbal Colón, primero hubiera hecho el viaje al revés, cruzado el charco en esta dirección, para llevarnos de regreso a su hogar. Es decir, que el Almirante fuera americano. Claro, así está chupada su epopeya. Espérate, porque aún algún intrépido le atribuirá origen extraterrestre o mostrará evidencias fotográficas de su retiro junto a Elvis en algún rincón del Índico. Permanece atenta a Milenio Tres.

Entre los muchos misterios de tan agitada existencia, aún se debate dónde reposan sus trasegados huesos. Sevilla y Santo Domingo se disputan el honor. De la defunción, lo único consensuado entre los que saben del tema es que encontró el descanso eterno tal día como hoy, un 20 de mayo de hace ya cinco siglos, en un Valladolid como el que pisamos tú y yo a diario.

De ahí, querida Mara, tanto jaleo de escenarios y gradas en nuestra habitualmente apacible Plaza Mayor. Para recordar un glorioso pasado en el que a orillas del Pisuerga nacían reyes, no se ponía el sol y provocábamos terribles jaquecas en las coronadas seseras de los emperadores. Por esas cosas, has nacido en una ciudad con mucha historia.

Y de ella debemos aprender. No sólo para admirar con nostalgia las hazañas del pasado sino para tomar el impulso necesario con el que construir un mejor futuro gracias a los mimbres que hemos heredado.

Vale. Ya sé que tú, a tus seis meses recién cumplidos, ya sabes coger las tazas por el asa. Que sólo te falta alzar el meñique cual lord inglés. Como lo hagas, prometo arrancar nuestra próxima carta con un sentido ‘Querida Camila’.

Esta Castilla haría bien en echarse a la mar, aunque sea de trigales


Ahora, anunciados tus conocimientos de etiqueta, ponte en el pellejo de nuestros antepasados. En mitad de la meseta, donde la aventura de cada jornada era llenar el estómago, y que te plantean subirte a una cáscara de nuez en busca de un paraíso de casas de oro y ríos de miel. Más o menos como que te inviten a llegar a Marte en seiscientos.

De aquella gesta, que dirían los antiguos, resultó de todo. Maravillas y desastres. Así somos los humanos, que se encogía aquel de hombros. De todas estas celebraciones, que nos traen el reencuentro de Ariel Rot y Andrés Calamaro, algo deberíamos aprender. Buscando tanto cuento que regalarte me he aficionado a las moralejas.

Colón, querida Mara, no tornó la vista a Palos sino que escrutó el horizonte en busca de la orilla soñada entre tanto cálculo cartográfico. Quienes, quinientos años después, recordamos sus luces y sombras algo deberíamos aprender. No sólo de aquel marino extravagante sino de quienes le apoyaron y acompañaron. Esta Castilla haría bien en dejar de mirar a su alrededor, secar las lágrimas por las almenas derrumbadas, redescubrirse a sí misma, levantar un proyecto que sume voluntades e ilusiones y echarse a la mar, aunque sea de trigales. En salud del Almirante.