
Personalmente, una de mis curiosidades más absurdas era escuchar el timbre de tu voz. Ésta es una cualidad tan personal como el iris de los ojos o las huellas dactilares. También es uno de los rasgos que definen el atractivo. Los llantos prematuros dieron la pista hace algún tiempo, pero nada que ver con ese sonido gorgojeante de las parrafadas incomprendidas que te echas mirándonos.
Te observamos, sonreímos, se nos cae la baba y asentimos sin entender ni papa de lo que nos cuentas. No te preocupes, sucede igual con muchos tertulianos aunque ellos no provocan sonrisas pero sí alguna baba.
André Bretón sentenció que “el pensamiento
y la palabra son sinónimos”
He tratado en vano de recoger testimonio sonoro de tus soliloquios para compartirlos con nuestros amigos epistolares. Te niegas. Es ver la grabadora y cerrarte en banda. Espero que no se deba a una mutación genética de tu generación, fruto de las radiaciones nocivas de tomates, salsas rosas y demás condimentos perniciosos de las televisiones. Que aún eres muy pequeña para propinas.
Así pues no puedo más que intentar describir un timbre sano, divertido, puro y, hasta me atrevo a decir, feliz. Desconozco cuánto tardarás en dominar las cuerdas vocales, como el resto de articulaciones, para empezar a estrenar palabras. Cuando sea el momento, aquí recogeremos el primer diccionario panhispánico de Mara.
La casualidad ha querido que inicies la senda del verbo cuando unos encapuchados obsoletos han declarado un ‘alto el fuego permanente’, que llega tarde, muy tarde. A ellos también habría que abrirles un recopilatorio de términos propios, pero esta noticia, sin duda, ha otorgado mayor intensidad a la luz primaveral que vuelve a acariciarnos con el cambio de estación.
La palabra, querida Mara, es el mayor don de nuestra especie pese a que unos cuantos sean incapaces de emplearla. No en vano, André Bretón sentenció que “el pensamiento y la palabra son sinónimos”. En esta etapa que parece iniciarse hay que empezar a vocalizar.
Confío, para cuando domines el vocabulario, que algunas siglas estén tan apolilladas para tu generación como la lista de los reyes godos. Ahora, entiende estos tímidos atisbos de ilusión que nos rodean. Para quienes nacimos hace tres décadas, la sombra de la víbora ha sido demasiado alargada. Siempre presente. Esperemos que, como dijo Buenafuente en uno de sus monólogos más lúcidos, los tejedores de pasamontañas tengan que ir pensando en la reconversión.